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13 enero, 2007

El lenguaje de la incomunicación, el ruido y el silencio (cómo hablar con las manos)


Es un gran filme. Un dramático drama (obsérvese la intencionada redundancia) que te deja un poso de tristeza inmensa en el corazón.
Una película que te hace plantearte algunas cuestiones trascendentales tras la postvisión. Aunque -tristemente- ese pensamiento se esfume al momento cuando te pierdes en la inmensidad de la calle, y percibes tu inutilidad al instante.
Coincido con un amigo en que alguna de las historias resulta un poco precipitada, quizá se queda coja o resulta poco creíble, pero no por ello es menos dramática. Al fin y al cabo el filme se basa en la importancia de las circunstancias. Momentos puntuales que definen el devenir de todos los personajes y de todas las historias (cuatro en total). Temas como la incomunicación, la soledad, la importancia brutal de los medios de comunicación, la crueldad o la irracionalidad humana se dan cita en la película.
Lo más llamativo, sin duda, el lenguaje de las manos y la ambientación musical. Son excelentes los planos que hace el director, movimientos de manos que expresan infinitamente más que cualquier diálogo bien interpretado. De veras que es alucinante ver lo que se puede decir con un solo plano, acompañado de una música que te aprieta el corazón hasta reducírtelo a un miserable garbanzo.
Se me ocurrían mil títulos para el post (cosa extrañísima, pues mis titulares siempre dejan mucho que desear), por eso he puesto esa extraña combinación. Los demás eran estos:
-El triste triunfo de la incomunicación
-El lenguaje de las manos
-La violencia gana la partida
-El ruido y el silencio
-La incomprensión humana
-La existencia: círculo cerrado
Por cierto... hablaba de Babel, la última película de Alejandro González Iñárritu.

03 octubre, 2006

Sentimientos encontrados


Tener un blog es como tener una novia: estás pensando constantemente en él, pero siempre hay algo que te impide dárselo todo al 100%. Eso es lo que me viene pasando estos últimos días a mí.
Digamos que estoy acumulando experiencia en el trabajo burocrático. Sí, es cierto que odio esa maldita burocracia, pero no es menos cierto que adoro (como todo ser humano) gastar el escaso dinero que ese trabajo burocrático me produce.
En fin, que ando un tanto liado y no he podido actualizar a mi criatura.
Pero a lo que realmente iba es que el jueves por la noche acerté a encontrar, entre los millones de canales que tengo en OhNO!, una buena película: La lista de Schindler. La película es de sobra conocida y no merece la pena argumentar su argumento... (astuto juego de palabrejas astutas).
La ves y se te queda un sabor seco en la garganta: no sabes si de odio hacia el pueblo alemán, de compasión por el publo judío, de alegría por conocer a Oscar Schindler o todo junto... Una película que no te puede dejar indiferente: que te absorbe, que te corroe las entrañas, que aspira tu seso hasta convertirlo en una idea política (o propagandística). El desenlace es, sencillamente, brutal. Seguro que ya la habeis visto: volverla a ver.
En contrapartida, el domingo buceando nuevamente en OhNO! (ese gran desconocido) encontré una producción israelí-norteamericana que llevaba por título Promises. Quizá no os suene, quizá sí. Yo, la verdad, era la primera vez que sabía de su existencia. Promises es otra película(más bien documental) cuyos actores principales son los judíos. Judíos buenos, judíos malos, judíos ricos y judíos pobres. Y también palestinos. Palestinos feos, palestinos pobres, palestinos muertos y palestinos que viven en lo que bien podían llamarse guetos. El caso es que viendo el documental es inevitable la comparación -odiosa, claro está- entre el sometimiento que afectó a los judíos y el que afecta actualmente al pueblo palestino. Y en ambos casos está tristemente inmerso el ciudadano hebreo.
Pero bueno, en fin (que diría Andrew Montes) que se me encuentran los sentimientos y se incendian mis ideas.